UN REFUGIO PARA EL QUE MÁS LO NECESITA

“El hambre es el primero de los conocimientos: tener hambre es la cosa primera que se aprende”, decía el español Miguel Hernández en su poema El hambre. Y luego: “Ayúdame a ser hombre: no me dejéis ser fiera hambrienta, encarnizada, sitiada eternamente”. Otra gran jornada de Ollas Populares impulsadas por #camioneros, en el predio, sin amilanarse por las condiciones climáticas, 1500 viandas, bolsones de alimentos para AYUDAR a quienes están en estado de vulnerabilidad. El dolor del hambre, la íntima devastación de aquel que lo ve en el desesperante clamor de la mirada de sus hijos, no es posible de aprehender o de revelar con la observación o con la imaginación: se vive sin refugio. CAMIONEROS EL ÚLTIMO BASTIÓN
Los humanos somos de naturaleza gregaria: necesitamos asociarnos, organizarnos colectivamente para alcanzar preservación y proyección, comenzando por lo mínimo para la supervivencia común: procurar la comida. Lo han hecho las comunidades cazadoras y luego las agricultoras.
La sociedad global ha desarrollado recursos para contener a todos; sin embargo, hasta 2018, más de 800 millones de personas pasaban hambre, y las cifras van en aumento. Es decir, hay un lado de la abundancia que prefiere la voracidad y el despilfarro antes que una distribución elemental que alivie el drama.
En Argentina, una de las paradojas más citadas en estos días es la que dice que somos un país capaz de producir alimentos para unos 450 millones de personas en el mundo, decía la voz pero aquí hay un puñado de millones que pasa hambre, la mayoría niños. En el país de las ollas populares y de los comedores barriales de incesante solidaridad recrudeció con la pandemia, decimos ahora. Por eso, la paradoja del hambre en el país de los alimentos es algo más que un estado de perplejidad: representa una crisis de valores, una crisis moral.